KELLY ANN GOTHIC
Capítulo 1
Hacía pocos días que el otoño de 1886 había arribado y ello significaba
que era la época del año en que Boston, abierta al Atlántico, quedaba
expuesta a las corrientes del nordeste, y aunque esos días solían ser
medianamente cálidos, agradables, era frecuente que las nubes se
apoderaran del cielo y tiñesen a la ciudad de empecinadas tonalidades de
gris. Una suave pero pertinaz llovizna comenzó a caer casi
inadvertidamente. El repentino estruendo de un trueno restalló en lo
alto, retemblando un par de segundos más tarde en los cristales de las
ventanas. Emily Horton se deslizó presurosa hasta una de las mismas por
cuyas hojas entreabiertas se filtraba una fuerte brisa que antecediendo a
la tormenta recorría la ciudad como uno de esos carros que a viva voz
anunciaban la llegada de algún espectáculo circense.
- Claro, viernes. Siempre tiene que llover en viernes. - murmuró para
sí, cerrando las hojas de la ventana y presionando con ambas manos para
vencer la hinchazón de la madera y ajustarla al marco, tras lo cual
corrió las trabas de los pasadores.
Se pasó las manos por el cabello pelirrojo con sumo cuidado, acomodando
el ligero revuelo causado por la corriente de aire. A sus veintiséis
años el deseo de verse cuando menos correctamente atractiva afloraba a
cada paso, aún cuando sus recursos no eran precisamente abundantes, y en
verdad el día debería de tener doce horas más para que tuviese tiempo
suficiente para dedicarle un cuidado efectivo a su apariencia. Era una
joven bastante atractiva, lo sabía, sin embargo podía decirse que
enfrascada en sus labores había llegado a olvidar con el correr del
tiempo cómo hacer posible que los demás lo supiesen.
Hacía ya cuatro años que había sido empleada por la señora McGhee como
dama de compañía. Cada día de lunes a sábados llegaba a las siete de la
mañana a tiempo para prepararle el desayuno a la exigente aunque amable
anciana. Ésta, a sus setenta y ocho años, mantenía una residencia en el
lujoso barrio de Beacon Hill, lo que era posible gracias a una pequeña
herencia obtenida hacía ya mucho - algo mermada por esos días - y
también a una pensión que recibía debido a que su ya fallecido esposo
había combatido en una guerra, Emily nunca recordaba en cuál a pesar de
la infinidad de veces que la oyera mencionarla. Tenía buena memoria, en
verdad, pero aborrecía la guerra y pensaba que por eso no conseguía
retener nada que a ella se refiriese.
- Debes recordar que el tiempo tiene sus propias reglas, querida. - oyó
detrás de sí la gastada voz de la anciana - Es absolutamente fútil
enojarse con él.
Emily no dejaba nunca de asombrarse del increíble sentido auditivo de
aquélla mujer, apenas había murmurado su ligera protesta y sin embargo
le había oído cada palabra. Una vez le aseguró que podía sentir la
colisión - así la había llamado - de una pluma al dar contra el suelo.
Sabía que exageraba, sin embargo era evidente que a pesar de su avanzada
edad percibía una gama de sonidos que la mayoría de los mortales no
conocía ni en sus años de juventud.
- Eso lo sé bien, señora McGhee. Pero somos humanos, ¿Qué puede hacerse?
Además ya casi llega la hora de irme y al menos espero que esa llovizna
no se transforme en temporal.
La anciana hizo un gesto complaciente sonrió enseñando su blanca hilera de dientes, aún estaba de una pieza.
- Bien, querida, puedes dar por terminada tu jornada por este día, de
todos modos sólo te restan diez minutos y pronto estará aquí la
enfermera de noche.
Emily echó un vistazo a la señorial estructura del reloj de péndulo que
dominaba la sala de recepción. Era cierto, tan sólo diez minutos para
las siete de la tarde.
- ¿Está usted segura, señora McGhee? - le preguntó con arriesgada
solicitud, puesto que en verdad deseaba hacer uso de la oferta.
- Me conoces, querida, mi fuerte no es hacer bromas. Vete ya de una
buena vez y date el gusto de esquivar las veleidades del tiempo.
Bien, pues no era cuestión de demorarse entonces. Se quitó el delantal y
fue a colgarlo en el armario del pasillo junto a la sala, allí donde se
guardaban los trastos de limpieza y la mantelería de la cocina.
Comprobó que el resto de las ventanas estuviesen cerradas, y se colocó
la chaquetilla sobre su vestido de paño verde, un regalo de la señora
McGhee hacía cosa de un año, uno de cierta buena calidad. Se encasquetó
el sombrero y lo aseguró bajo su barbilla atando el lazo y tomó la
sombrilla que toda dama usaba para protegerse tanto del sol como
eventualmente del viento, siempre que éste no fuese excesivo. Se inclinó
sobre la anciana y le dio un beso en la mejilla.
- Pues hasta mañana, señora McGhee. Pase usted una buena noche.
Atravesó la sala y descendió por la escalera hasta la planta baja donde
al abrir la puerta de calle el viento la azotó trayendo consigo algunas
gotas de lluvia, ahora un poco más intensa que hacía minutos atrás.
Decidió no abrir su sombrilla, no tendría caso con ese viento. Aspiró
fuertemente como si absorbiera determinación y se lanzó calle abajo, en
dirección a Charles St. De allí la esperaban un par de calles hasta
llegar al verde pulmón del Boston Commons, un espacio de 20 hectáreas
que había pasado por ser campo de entrenamiento militar e incluso
cementerio, hasta acabar alegrando la ciudad como un hermoso parque
público. Luego de atravesar tangencialmente uno de sus extremos llegaría
a Newbery St., y tres calles por ella arribaría a su domicilio situado
en Back Bay. Avanzó con decisión sujetando su sombrero con una mano,
pues el viento arreciaba a la par que las gotas ya más espesas azotaban
su rostro. Ese día, a decir verdad, era de reunión en el Centro de
Convenciones del condado. La comisión pro derecho al sufragio femenino
debía reunirse en sesión como cada viernes, y ella era parte activista
de la misma, pero considerando las condiciones climáticas podía asumirse
que la reunión de ese viernes quedaría para el siguiente. No luchó
contra ese pensamiento, le satisfacía, pues sólo anhelaba llegar a casa y
preparase un té caliente. Bueno, sabía que prepararía dos, una para
ella y otro para su tía Agnes, con quien había ido a vivir tras la
muerte de sus padres cuando contaba tan sólo con catorce años. La tía
había cuidado de Emily como si se tratase de su propia hija y la quería
mucho por ello.
Se introdujo por un sendero a través del Commons, lanzando una breve
mirada al monumento a George Washington que se veía brillante, ya
completamente mojado por la lluvia que se intensificaba. Apuró el paso
hasta que tuvo ante sí el comienzo de Newbery St. y entonces enfiló por
ella, ya estaba mojándose más de lo tolerable y era preciso que llegara
antes de que la lluvia inutilizara su vestido, ya que era el único
verdaderamente presentable que poseía. La señora McGhee no era una
tacaña, pero no pagaba tampoco ninguna pequeña fortuna, y su tía Agnes
no gozaba ni de una herencia ni tampoco de una pensión militar, tan sólo
de su modesta pensión otorgada por el Estado a cambio de los servicios
prestados al mismo por su fallecido marido durante casi toda su vida. El
viento se volvía a cada minuto más molesto, y ello fastidiaba a Emily
hasta que divisó a casi una cuadra de distancia la fachada color crema
de su hogar. Entonces notó algo que llamó su atención a pesar del clima.
Un hombre parado imperturbable bajo la lluvia en una esquina, que la
observaba con descarado detenimiento. Esas no eran maneras para con una
dama. - pensó apurando el paso aún más. El hombre estaba junto a una
columna en la acera de enfrente, y fue girando la cabeza para no
perderla de vista cuando cruzó hacia la entrada de su casa. Agitó el
aldabón golpeando tres veces, luego dos. Esa era la clave convenida para
que su tía Agnes supiese con seguridad que se trataba de ella y le
abriese la puerta. Le recibió de inmejorable talante, al parecer esa
tarde había triunfado holgadamente en una partida de Backgammon ante sus
compañeras de toda la vida, con quiene se reunía cada viernes a primera
hora de la tarde. Fue a por una toalla para secarse un poco el agua
recibida con la idea de cambiarse por ropa seca pero antes quiso
comprobar las ventanas, no deseaba más frío por aquél día y sería bueno
asegurarse de que el viento no las vencería. Entonces su ceño se frunció
con extrañeza, aquél desconocido continuaba en la acera del frente a la
fachada de su casa y no cesaba de mirar en su dirección. Emily cerró la
ventana y fue hasta la cocina con la idea de calentar agua para beberse
una infusión de té que calentase su cuerpo aterido a causa del frío
exterior. Mientras, iría al baño para secar un poco sus ropas mojadas.
De pronto los aldabones en la puerta que daba a la calle resonaron,
alguien llamaba requiriendo atención. Miró a su tía y ésta le devolvió
la expresión de extrañeza que ella misma debía tener, y arreglando su
cabello una vez más se dirigió a la puerta, interrogando a través de
ella.
- ¿Quién llama?
- Oh, es preciso que hable con la señorita McAldenn. - dijo una aflautada voz masculina al otro lado de la puerta.
¿McAldenn había dicho? Emily no conocía a ninguna señorita con semejante
apellido y se lo hizo saber al hombre que había preguntado.
Probablemente se tratara del extraño que rondara por la acera del
frente, quien sabría con qué oscuras intenciones. Boston había tenido en
el pasado episodios de sangre bastante célebres, y no le agradó pensar
que ese extraño tuviese tal cariz.
- Aquí no vive nadie con ese apellido, caballero, se ha equivocado usted de lugar.
Pasaron apenas unos segundos y la voz del hombre volvió a oírse.
- Soy representante de Middleton & Johnson, investigación y
abogacía, señorita. ¿Podría usted abrirme, por favor? Juro que es
importante.
Algo en el tono de voz del hombre convenció a Emily, aunque no supo con
certeza qué. Tras pensarlo unos pocos segundos giró la manija de la
puerta y abrió, encontrándose efectivamente ante el extraño de la acera
del frente, quien efectuó una inclinación de cabeza que hizo caer el
agua de su chistera. Estaba literalmente empapado.
- Mil gracias a usted, señorita. Como le he dicho, nuestro bufete ha
efectuado una necesaria investigación que nos ha conducido hasta este
lugar. No veo otro modo mejor de decírselo si es usted la señorita Emily
Horton.
¿Por qué sabía aquél extraño su nombre?
- Con ella habla, señor….
- Mi nombre es Emmet Pennington, señorita. Y estoy aquí en misión de
comunicarle que tras una ardua búsqueda le hemos hallado. Su verdadero
apellido es McAldenn, y debe viajar a Escocia cuanto antes para tomar
posesión de su herencia.
Continuará……….

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