sábado, 19 de octubre de 2013








KELLY  ANN  GOTHIC

Capítulo 1


  
   Hacía pocos días que el otoño de 1886 había arribado y ello significaba que era la época del año en que Boston, abierta al Atlántico, quedaba expuesta a las corrientes del nordeste, y aunque esos días solían ser medianamente cálidos, agradables, era frecuente que las nubes se apoderaran del cielo y tiñesen a la ciudad de empecinadas tonalidades de gris. Una suave pero pertinaz llovizna comenzó a caer casi inadvertidamente. El repentino estruendo de un trueno restalló en lo alto, retemblando un par de segundos más tarde en los cristales de las ventanas. Emily Horton se deslizó presurosa hasta una de las mismas por cuyas hojas entreabiertas se filtraba una fuerte brisa que antecediendo a la tormenta recorría la ciudad como uno de esos carros que a viva voz anunciaban la llegada de algún espectáculo circense.
- Claro, viernes. Siempre tiene que llover en viernes. - murmuró para sí, cerrando las hojas de la ventana y presionando con ambas manos para vencer la hinchazón de la madera y ajustarla al marco, tras lo cual corrió las trabas de los pasadores.
Se pasó las manos por el cabello pelirrojo con sumo cuidado, acomodando el ligero revuelo causado por la corriente de aire. A sus veintiséis años el deseo de verse cuando menos correctamente atractiva afloraba a cada paso, aún cuando sus recursos no eran precisamente abundantes, y en verdad el día debería de tener doce horas más para que tuviese tiempo suficiente para dedicarle un cuidado efectivo a su apariencia. Era una joven bastante atractiva, lo sabía, sin embargo podía decirse que enfrascada en sus labores había llegado a olvidar con el correr del tiempo cómo hacer posible que los demás lo supiesen.
Hacía ya cuatro años que había sido empleada por la señora McGhee como dama de compañía. Cada día de lunes a sábados llegaba a las siete de la mañana a tiempo para prepararle el desayuno a la exigente aunque amable anciana. Ésta, a sus setenta y ocho años, mantenía una residencia en el lujoso barrio de Beacon Hill, lo que era posible gracias a una pequeña herencia obtenida hacía ya mucho - algo mermada por esos días - y también a una pensión que recibía debido a que su ya fallecido esposo había combatido en una guerra, Emily nunca recordaba en cuál a pesar de la infinidad de veces que la oyera mencionarla. Tenía buena memoria, en verdad, pero aborrecía la guerra y pensaba que por eso no conseguía retener nada que a ella se refiriese.
- Debes recordar que el tiempo tiene sus propias reglas, querida. - oyó detrás de sí la gastada voz de la anciana - Es absolutamente fútil enojarse con él.
Emily no dejaba nunca de asombrarse del increíble sentido auditivo de aquélla mujer, apenas había murmurado su ligera protesta y sin embargo le había oído cada palabra. Una vez le aseguró que podía sentir la colisión - así la había llamado - de una pluma al dar contra el suelo. Sabía que exageraba, sin embargo era evidente que a pesar de su avanzada edad percibía una gama de sonidos que la mayoría de los mortales no conocía ni en sus años de juventud.
- Eso lo sé bien, señora McGhee. Pero somos humanos, ¿Qué puede hacerse? Además ya casi llega la hora de irme y al menos espero que esa llovizna no se transforme en temporal.
La anciana hizo un gesto complaciente sonrió enseñando su blanca hilera de dientes, aún estaba de una pieza.
- Bien, querida, puedes dar por terminada tu jornada por este día, de todos modos sólo te restan diez minutos y pronto estará aquí la enfermera de noche.
Emily echó un vistazo a la señorial estructura del reloj de péndulo que dominaba la sala de recepción. Era cierto, tan sólo diez minutos para las siete de la tarde.
- ¿Está usted segura, señora McGhee? - le preguntó con arriesgada solicitud, puesto que en verdad deseaba hacer uso de la oferta.
- Me conoces, querida, mi fuerte no es hacer bromas. Vete ya de una buena vez y date el gusto de esquivar las veleidades del tiempo.
Bien, pues no era cuestión de demorarse entonces. Se quitó el delantal y fue a colgarlo en el armario del pasillo junto a la sala, allí donde se guardaban los trastos de limpieza y la mantelería de la cocina. Comprobó que el resto de las ventanas estuviesen cerradas, y se colocó la chaquetilla sobre su vestido de paño verde, un regalo de la señora McGhee hacía cosa de un año, uno de cierta buena calidad. Se encasquetó el sombrero y lo aseguró bajo su barbilla atando el lazo y tomó la sombrilla que toda dama usaba para protegerse tanto del sol como eventualmente del viento, siempre que éste no fuese excesivo. Se inclinó sobre la anciana y le dio un beso en la mejilla.
- Pues hasta mañana, señora McGhee. Pase usted una buena noche.
Atravesó la sala y descendió por la escalera hasta la planta baja donde al abrir la puerta de calle el viento la azotó trayendo consigo algunas gotas de lluvia, ahora un poco más intensa que hacía minutos atrás. Decidió no abrir su sombrilla, no tendría caso con ese viento. Aspiró fuertemente como si absorbiera determinación y se lanzó calle abajo, en dirección a Charles St. De allí la esperaban un par de calles hasta llegar al verde pulmón del Boston Commons, un espacio de 20 hectáreas que había pasado por ser campo de entrenamiento militar e incluso cementerio, hasta acabar alegrando la ciudad como un hermoso parque público. Luego de atravesar tangencialmente uno de sus extremos llegaría a Newbery St., y tres calles por ella arribaría a su domicilio situado en Back Bay. Avanzó con decisión sujetando su sombrero con una mano, pues el viento arreciaba a la par que las gotas ya más espesas azotaban su rostro. Ese día, a decir verdad, era de reunión en el Centro de Convenciones del condado. La comisión pro derecho al sufragio femenino debía reunirse en sesión como cada viernes, y ella era parte activista de la misma, pero considerando las condiciones climáticas podía asumirse que la reunión de ese viernes quedaría para el siguiente. No luchó contra ese pensamiento, le satisfacía, pues sólo anhelaba llegar a casa y preparase un té caliente. Bueno, sabía que prepararía dos, una para ella y otro para su tía Agnes, con quien había ido a vivir tras la muerte de sus padres cuando contaba tan sólo con catorce años. La tía había cuidado de Emily como si se tratase de su propia hija y la quería mucho por ello.
Se introdujo por un sendero a través del Commons, lanzando una breve mirada al monumento a George Washington que se veía brillante, ya completamente mojado por la lluvia que se intensificaba. Apuró el paso hasta que tuvo ante sí el comienzo de Newbery St. y entonces enfiló por ella, ya estaba mojándose más de lo tolerable y era preciso que llegara antes de que la lluvia inutilizara su vestido, ya que era el único verdaderamente presentable que poseía. La señora McGhee no era una tacaña, pero no pagaba tampoco ninguna pequeña fortuna, y su tía Agnes no gozaba ni de una herencia ni tampoco de una pensión militar, tan sólo de su modesta pensión otorgada por el Estado a cambio de los servicios prestados al mismo por su fallecido marido durante casi toda su vida. El viento se volvía a cada minuto más molesto, y ello fastidiaba a Emily hasta que divisó a casi una cuadra de distancia la fachada color crema de su hogar. Entonces notó algo que llamó su atención a pesar del clima. Un hombre parado imperturbable bajo la lluvia en una esquina, que la observaba con descarado detenimiento. Esas no eran maneras para con una dama. - pensó apurando el paso aún más. El hombre estaba junto a una columna en la acera de enfrente, y fue girando la cabeza para no perderla de vista cuando cruzó hacia la entrada de su casa. Agitó el aldabón golpeando tres veces, luego dos. Esa era la clave convenida para que su tía Agnes supiese con seguridad que se trataba de ella y le abriese la puerta. Le recibió de inmejorable talante, al parecer esa tarde había triunfado holgadamente en una partida de Backgammon ante sus compañeras de toda la vida, con quiene se reunía cada viernes a primera hora de la tarde. Fue a por una toalla para secarse un poco el agua recibida con la idea de cambiarse por ropa seca pero antes quiso comprobar las ventanas, no deseaba más frío por aquél día y sería bueno asegurarse de que el viento no las vencería. Entonces su ceño se frunció con extrañeza, aquél desconocido continuaba en la acera del frente a la fachada de su casa y no cesaba de mirar en su dirección. Emily cerró la ventana y fue hasta la cocina con la idea de calentar agua para beberse una infusión de té que calentase su cuerpo aterido a causa del frío exterior. Mientras, iría al baño para secar un poco sus ropas mojadas. De pronto los aldabones en la puerta que daba a la calle resonaron, alguien llamaba requiriendo atención. Miró a su tía y ésta le devolvió la expresión de extrañeza que ella misma debía tener, y arreglando su cabello una vez más se dirigió a la puerta, interrogando a través de ella.
- ¿Quién llama?
- Oh, es preciso que hable con la señorita McAldenn. - dijo una aflautada voz masculina al otro lado de la puerta.
¿McAldenn había dicho? Emily no conocía a ninguna señorita con semejante apellido y se lo hizo saber al hombre que había preguntado. Probablemente se tratara del extraño que rondara por la acera del frente, quien sabría con qué oscuras intenciones. Boston había tenido en el pasado episodios de sangre bastante célebres, y no le agradó pensar que ese extraño tuviese tal cariz.
- Aquí no vive nadie con ese apellido, caballero, se ha equivocado usted de lugar.
Pasaron apenas unos segundos y la voz del hombre volvió a oírse.
- Soy representante de Middleton & Johnson, investigación y abogacía, señorita. ¿Podría usted abrirme, por favor? Juro que es importante.
Algo en el tono de voz del hombre convenció a Emily, aunque no supo con certeza qué. Tras pensarlo unos pocos segundos giró la manija de la puerta y abrió, encontrándose efectivamente ante el extraño de la acera del frente, quien efectuó una inclinación de cabeza que hizo caer el agua de su chistera. Estaba literalmente empapado.
- Mil gracias a usted, señorita. Como le he dicho, nuestro bufete ha efectuado una necesaria investigación que nos ha conducido hasta este lugar. No veo otro modo mejor de decírselo si es usted la señorita Emily Horton.
¿Por qué sabía aquél extraño su nombre?
- Con ella habla, señor….
- Mi nombre es Emmet Pennington, señorita. Y estoy aquí en misión de comunicarle que tras una ardua búsqueda le hemos hallado. Su verdadero apellido es McAldenn, y debe viajar a Escocia cuanto antes para tomar posesión de su herencia.



Continuará……….

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